Cerro de la Silla Waves Magazine

Entre Olas #029 Desde el Cerro de la Silla

Texto: Ramon Salas  / Fotos: Ana Meraz

Entre Olas es un espacio donde amigos hablan de la vida contemporánea y las diferentes virtudes de la juventud descontrolada. Esta semana Ramon Garza Salas nos habla de lo que es vivir en Monterrey. 

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Vivir en Monterrey es una dicha llena de desdichas, entre el smog y el humo de la carne asada se puede ver claramente el progreso de una ciudad a la cual se le gusta catalogar como rancho. Y lo es, Monterrey es un rancho enorme lleno de automóviles apresurados por llegar a un destino al que no quieren llegar, sus habitantes van desde las personas más amables (adineradas) y coherentes (incoherentes) del país (la ultraderecha), hasta las personas más humildes y trabajadoras en un país lleno de trepadores.

Nuevo León suele parecer que carece de arte, pero cuando te adentras y buscas hasta en las esquinas más polvorientas del estado, logras ver las grandes obras maestras que se han podido generar. He crecido en diferentes ciudades de México durante veintidós años, de los cuales recuerdo a lo mucho doce (y es ganancia), he habitado en tierras laguneras, en playas turbulentas de Baja California Sur y en la acarreada ciudad de México, y aunque amé mi estadía prolongada en cada uno de esos lugares, siempre prefiero a mi mero San Luisito (porque de ahí es Monterrey).

Hay algo en ese olor de la carne ensangrentada asándose con mezquite y echando el vapor de la cerveza Original del Norte, algo a lo cual llamo hogar. Amo a Monterrey, lleno de montañas que se besan cada mañana con el sol, pero Monterrey no me ama de vuelta, así es la gran fundidora, la de los niños campeones del ’57, juego perfecto y miles de habitantes junto al radio escuchando como un montón de “huercos” (la forma más regiomontana de decir niño) hacían historia.

Pero la ciudad es cruel, ella olvida y mete todo debajo de sus faldas hechas en la Sierra Madre, es por eso que (probablemente) no sabes de lo que hablo, no sabes quienes son esos niños, y es por eso que mi lindo y macabro Monterrey es una ciudad olvidadiza, que me aleja, mi relación más larga y desgastadora, me ha tirado a la lona más de una vez, me ha dejado solo en momentos importantes, de los cuales no podía salir adelante. Monterrey es una ciudad traicionera, retrograda y misógina, criada por rancheros que quisieron más (y agradecido estoy). Llena de hombres y mujeres que lucharon toda su vida para conseguir algo de lo cual codearse en cenas familiares.

Monterrey tiene tres de las mejores universidades del país, y aun así, se suele comportar ignorante. Monterrey es revolucionario e independiente, el sustento de las deudas mexicanas. La economista Diana Laura Riojas, esposa de Luis Donaldo Colosio, dijo en entrevista (días antes del asesinato de su marido) en FORO con Gilberto Marcos, “decidimos que los hombres son de Sonora, pero las mujeres somos regias”. Esas palabras siempre retumban en mi cabeza, por supuesto que la economista hacía referencia al lugar de nacimiento de ella y su esposo. Pero, ¿qué será de las mujeres regias que, como ella, querían más?

Lo diré de nuevo, por si no ha quedado claro, Monterrey es fantástico, una odisea ardiente en el verano (y en el invierno algunas veces) y gélida en el invierno. Pero nunca trata bien a sus más grandes profetas, todos ellos tienen que salir de esta ciudad para lograr lo que quieren, y los que se quedan, tienen como opción ir contra una dictadura de apellidos que resaltan en calles y avenidas, hasta en el nombre de edificios de alta infraestructura.

De alguna manera, una ciudad que siempre avanza, de la cual me siento orgulloso de pertenecer, se atora en el camino, y aunque nos gusta culpar a la montañosa y embotellada ciudad, el problema viene desde sus entrañas, los pequeños (pero grandes) grupos de habitantes que se aprovechan del trabajo y esfuerzo de sus padres, para así poder ser lo más idiota posible sin tener consecuencia alguna, personas que deciden no pensar por sí mismos y atenerse a valores que se dieron hace más de cien años. Lo longevo no es sabiduría. Nunca lo ha sido. Abrir la mente es cuestión de práctica, y la tolerancia al de al lado es cuestión de sentido común.

Si naciste regio debes saber su historia y cultura, pues una vez que sabes que es lo que movió al Nuevo Reino de León a ser ese estado independiente e industrial, puedes ser el ejemplo perfecto del mismo, más allá de un acento golpeado y fanatismo al futbol. No puedes odiar lo que no conoces, y odiar de dónde vienes, solo te hace pretencioso y sin idea.

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“Por mares y continentes
y de una en otra región,
si no alzado entre los brazos
sí con la imaginación,
llevo el Cerro de la Silla
en cifra y en abstracción:
medida de mis escalas
escala en mi inspiración.”

Constancia poética, p. 466
Alfonso Reyes

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