ROMA; Una carta de amor al pasado

Por: Adrián Quiros

Roma es una película sobre la caída de un informe y la terrible destrucción que la búsqueda del amor y sentido a nuestras vidas deja a su paso. Es sobre el miedo a la soledad y a perder la esperanza de que las cosas pueden ser mejores en un México inocente y a punto de sufrir y que todavía cargamos.

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En Roma, Alfonso Cuarón —director y escritor— nos muestra una ventana al pasado; un recuerdo a través de los ojos de Cleo (Yalitza Aparicio), la empleada doméstica de una familia de clase media alta que vive en una de las colonias más ricas en historia en la capital. Cleo, como muchos de nosotros, busca amar y ser amada, así como crecer y definirse al mismo tiempo que se transfigura a la par de la familia para la que trabaja.

Es una elegía a todas las mujeres que recorren un sendero solitario e incierto en busca de su propia identidad: “Estamos solas”, le dice Sofía (Marina de Tavira), la señora de la casa, a Cleo una noche cuando regresa con el auto de su exesposo semi-destruido.

Nosotros somos Cleo en el cine, esperando al hombre que jamás volverá, somos Cleo en medio del caos y la sangre en las calles la misma noche en la que el ejército masacró a sus estudiantes, somos Cleo en el gélido silencio del quirófano cuando se despide de su bebé, y de un futuro que jamás se hará realidad, y estamos con ella cuando apaga las luces de la casa al final de un largo día.

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El país, al igual que Cleo, sufre de una transformación a causa de una traición, el mismo tipo de trabajo que afecta a toda la familia.

En una escena presenciamos junto a Cleo el entrenamiento del grupo paramilitar ‘Los Halcones’, al cual pertenece el padre de su futura hija, el mismo grupo que más adelante siembra muerte y destrucción en las calles. En esa escena conocemos al ‘Profesor Zovek’ (interpretado por el infame ‘Latin Lover’), el superhéroe de la televisión e icono de disciplina y justicia entre los jóvenes, entrenando a este grupo y somos testigos de la traición de nuestros ídolos, la de los padres que matan a sus hijos, de las familias que se resquebrajan y, al igual que México, nos dejan cicatrices que nos transforman para siempre.

La película nos obliga a recordar nuestro propio pasado, a mirar los momentos que pocas veces enfrentamos, pero forman parte irremplazable de nosotros. Las postales de un México descubierto y plasmado en una pantalla y que nos recuerdan a un sueño, a un dulce recuerdo que puede volverse también una pesadilla.

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Constantemente vemos elementos, gestos, sonidos, que nos evocan a otras narrativas, el logo del PRI en un poste, un póster en la pared, cosas que nos hacen perder el hilo y nos adentran a un pasado y revelan un aspecto de nosotros, de nuestra cultura.

La cinta es también una celebración a la vida, a las personas que forman parte de nuestro círculo y a las mujeres que nos moldearon a lo largo del camino, aquellas que cruzan las calles sin voltear, que aman con todo su corazón y que presencian, desde el balcón, las llamas de la vida.

Una canción en medio del bosque o el reflejo de un avión en el agua nos recuerdan que nada es para siempre, mucho menos el dolor, y que la paz se oculta frente a nosotros, en nuestro interior, extendido en el infinito blanco del cielo, en una pantalla de cine.

Cuarón realizó en Roma una carta de amor al pasado, un breve recordatorio de nuestras raíces y los recuerdos que con a formarnos. El pasado es un espejo que, al igual que el cine, alimenta el recuerdo de emociones que nos hacen sentir vivos. Como Cleo, nosotros también nos enfrentamos a olas fuertes que nos separan de los demás y que, si logramos superar, podremos sentir, al menos por un instante, un amor tan extenso y libre como el cielo.

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Roma ya se encuentra disponible a través de Netflix y se exhibe en algunas salas de cine del país.

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