Entre Olas #017 Sueño en cafeína

Texto y Fotos: Adrián Quiros.

Entre Olas es un espacio donde amigos hablan de la vida contemporánea y las diferentes virtudes de la juventud descontrolada. Esta semana Adrián Quiros nos habla de su amor por el café y las reflexiones que  conlleva. 

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Aunque no lo creas, hay personas que traen sus propias cobijas al Starbucks. No lo escuché por amigos ni en mi revista semanal de adictos al café, fue algo que vi con mis propios ojos.

Acostumbro a ir a un Starbucks o a cualquier cafetería cercana los fines de semana para leer y a veces fingir que tomo café, pero siempre acabo distrayéndome por la gente que entra y sale de ese establecimiento.

Lo mejor de tomar café en esos lugares es que siempre encontrarás gente nueva y rara, como la persona que se entró con una cobija de Toy Story y una cara de resaca destructora.

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Son personitas cansadas del mismo sistema retrograda que nos obliga a llevar una chamarra (preferentemente lavada) para disfrutar de un costoso café en compañía de gente que finge escucharse y a señoras con abrigos que parecen de películas de detectives.

Yo los observo y observo, intentando descifrarlos y llego a una extraña conclusión. Es caos controlado.

El día que empecemos a llevar pantuflas, batas y toallas en la cabeza, ese será el día en que caerá la democracia, los muertos se levantarán de la tierra y yo tendré la suficiente valentía de caminar a tu mesa y desearte los buenos días.

Algún día. Un día de estos. Mientras tanto miraré mi café y juzgaré a la raza humana.

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Por cierto, este texto se trata otra vez de ti (tu sabes de quién hablo), no es una disertación chaira de por qué el logo de Starbucks se parece al de los Ilumminati si lo miras con un ojo tapado, un pie al revés y ebrio hasta la medula (que es cierto).

Últimamente hay pocas cosas dentro de mí aparte de demonios, fantasmas y café.

Está bien, este texto no es realmente para ti (sé que estás leyendo, ¡hola!), es para muchas personas. Dedico este texto a todas esas personas que llegan a Starbucks o a alguna cafetería con una cara de resaca de mil demonios y fantasmas, y lo único que quieren es acostarse en los incómodos sillones con su cobija favorita y soñar. Está dedicado a quienes realmente somos.

Les contaré un sueño.

Caminaba un día por la playa, era de noche y las estrellas apenas se veían en el firmamento. Camino un par de horas de sueño cuando de repente siento algo viscoso y fresco, me agacho y veo que es un muerto, pero no del todo muerto, tieso, sí, pero aún había algo de lo que solía ser.

Es difícil de describir.

Era un hombre grande, muy joven y echado a perder, mucho tiempo ha pasado desde que estaba vivo. El punto es que acerco mi oído a su boca y siento un aliento salado, como del fondo del mar; en sus manos trae una foto, una de esas instantáneas que se pusieron de moda cuando los milennials nos acabamos las de rollo.

En la foto estás tú, guardo la foto en mi cartera y descubro amargamente que hasta en mis sueños mis finanzas son cortas. De repente una ola y se lleva al muerto de vuelta al mar (yo asumo) y despierto en mi cuarto con aliento a alcohol y flores, y tu foto en mi cartera.

Es una historia real.

Tengo la foto.

Lo de los fantasmas no, eso sí es una metáfora, lo de los demonios más o menos. Lo del Starbucks si es cierto, lo vi con mis propios ojos.

Caminar y tomar café con tu foto en mi cartera ha sido lo más loco que he hecho estos últimos meses. Mi plan es guardarte en mi cora en tres partes: tu foto que le robé al muerto, tu espalda con vestido que veo en las mañanas y tu risa que alguna vez escuché cuando alguien hizo un chiste obsceno en el pasillo. Esas tres cosas conforman el mundo ideal que he creado en el fondo del mar al cual te invitaría si existiera la tecnología de entrar en los sueños o de respirar bajo el agua.

Tal vez tú no eres el punto del texto. Antes del café éramos más jóvenes, pero hay gente que no toma café, pero igual están buscando algo. En algún lugar del mundo, dentro de un Starbucks, alguien murmura tu nombre y se vuelve a dormir.

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