Entre Olas #007 La farsa de la musa

Texto: Luis Bernal. / Fotos: Diego Gracida.

Entre Olas es un espacio donde amigos hablan de la vida contemporánea y las diferentes virtudes de la juventud descontrolada. Esta semana Luis Bernal nos habla de como escribir es un proceso donde te tiene que doler a huevo.

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No hay visita esta noche, ni mañana que lo intente la habrá. A veces sólo se fue todo y el cerebro se quedó blanco como el jodido cliché de la página ídem. Contra esa idea se lucha, se redime y se edifica, sobre todo se edifica. Y se muere también. Andrés Canalla dice que el que no está triste no puede escribir canciones, hay otros en cambio que ocupan del amor como motor para soltar palabras sobre un teclado. El amor siempre es confuso, termina y duele. Bastante duele escribir a veces como para añadir sal en la herida con enamoramientos.

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Siempre se está andando aunque sea en el corazón, es una manera de caminar. Entonces recuerdas que te guste o no, te llevas a tu mismo a todos lados, ahí es donde la sonrisa desaparece y la intentas levantar como puedes, como sea. Hay quien afirma que los que escriben sufren una especie de bipolaridad donde manía y depresión se pueden dar a la vez, pero la hoja sigue en blanco y la angustia te habla con ese sobrenombre que te caga, te jode desde las uñas que muerdes y piensas que estás pensando que eres puro pedo porque el mundo allá afuera está cargado de imágenes pero sigues con las manos vacías.

El auto-odio es un camino que se debe andar, si no lo han hecho algo anda mal, en serio. Por otro lado está el amor propio, pero uno desmedido que no permite ver más que lo que uno hace y, por supuesto, con una admiración digna de puberto a camgirl. Pero les digo, el mundo allá afuera sigue en chinga, es como una fiesta a la que te invitan sin que quieras; sin la opción de no asistir porque alguien más te lleva a huevo y si te dan ganas de dormir también debes hacerlo ahí. Aún con las manos vacías.

El alter ego de Bukowski, Hank Chinaski, en Mujeres, se encuentra varias veces con otros escritores, en lecturas de poemas o esas mamadas que tanto (¿)nos gustan(?). Los intenta evitar a a como dé lugar pero tarde o temprano se topan. Acá lo voy a citar buscando un poco que me entiendan, quiero hacer una breve pausa para una queja: Saltillo parece ser el único lugar en el mundo que Starbucks no es para trabajar. Ok, estoy desconcertado. Va Bukowski:

“Hay un problema con los escritores. Si lo que había escrito un escritor se publicaba y vendía mucho, muchos ejemplares, el escritor pensaba que era magnífico. Si lo que había escrito se publicaba y vendía un número aceptable de ejemplares, el escritor pensaba que era magnífico. Si lo que había escrito se publicaba y vendía poco, pensaba que era magnífico. Si lo que había escrito nunca se publicaba y no tenía dinero suficiente para publicárselo él mismo, entonces pensaba que era, más que magnífico. La verdad, sin embargo, es que había muy poca magnificencia. Era prácticamente inexistente, invisible. De cualquier manera los escritores eran seres que había que evitar, y yo trataba de evitarlos, pero era casi imposible. Pretendían que existiera una especie de hermandad, de unidad”.

Y te hablan del barrio, de la cerveza, que la región, que la música y tú nada más piensas que te sientes un poco solo donde sea, en el camino a casa o aquí en el café rodeado de citas románticas que arruinan el silencio pero en frente no hay nada más que el blanco, como publicidad de detergente Ace. Si bien te va te topas a la conciencia que te informa que no tienes nada que decir pero que debes hacerlo porque allá afuera hay un montón de dedos que te señalan, a ti y a tu pantalla que brilla sin obstáculos frente a tu cara de idiota. Luego la angustia o las morras que hoy te reclaman/recuerdan que tienes una “fantasía recurrente” porque les gusta llamarle así al personaje que ni siquiera saben si es ficticio o de verdad te rompió alguna vez. Entonces vienen ahí, entre tantos ojos, los ojos lejanos como una verdad de una niña con mocos en la cara que te ofrece un chocolate a cambio de cinco pesos y que tú sólo podías llorar y que incluso eso no se puede decir. Tanto tiempo desde aquella madrigada en la central de autobuses y sigue sin decirse en ninguna página.

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Uno desperdicia cada oportunidad que le llega. Con lo que cuesta una oportunidad hoy en día, con lo que les faltan oportunidades a otros. Uno vuelve a la noción tenue de que no hay nada que decir. Ocupas ayuda para escribir. Cuando pones música para escribir, o prendes un cigarrillo o adormeces la nariz buscando profundidad para decir algo, o piensas en aquel que hizo una vida entera dictada por las convenciones sociales para escribir, te das cuenta que la inspiración no es ni cercanamente tuya. Es de esas cosas. Y que eres un farsante.

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