Entre Olas #006 Corazón bichi

Texto: Luis Bernal. / Fotos: Diego Gracida.

Entre Olas es un espacio donde amigos hablan de la vida contemporánea y las diferentes virtudes de la juventud descontrolada. Esta semana Luis Bernal nos habla de como enamorarse es como olvidarse de todo menos de una persona.

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Me gusta enamorarme; es como olvidarse de todo menos de una persona. Es como dormir bajo un edredón suave, sin mucho peso pero calientito en el invierno, como un caldito de res en casa, es como las drogas bonitas, hablamos de la cocaína o el crico, pero, igual que estas: se acaba a la verga y el bajón es terrible.

Hace ya no tan poco hablaba con un compa que recién se había mudado a la ciudad para editar en un periódico local y le pregunté por la morra aquella con la que la había visto meses atrás y me dijo que ya no se veían, refuté argumentando que se le veía enamorado: “es que yo necesito siempre estar enamorado” dijo el muy pinche cínico. Me reí un montón ese rato, seguimos bebiendo y luego lo pensé bien; el argumento de motivación me pareció muy aceptable. Pinche amor sigue siendo el motor, o eso pensamos. Pero es puro pedo, el motor es la soledad en la que ya nos acorralamos y de la que a veces ocupamos salir a pasear en la vida real. Chingue su madre.

Antes no me gustaba estar enamorado, la verdad es que quita mucho tiempo, neta mucha gente piensa que el teléfono es un distractor, no, ni madres; vean a una persona enamorada y se darán cuenta que anda en automático, no sirve, pero actúa como si sí. Estorba. Bueno, el punto es que uno se convierte en un zombie controlado por pura puñeta mental en el mejor de los casos, en el otro pues hay una persona que a distancia controla las acciones de uno, que, pendejamente nunca se da cuenta. El cerebro se convierte en una ventana de Xvideos (perdón si piensan que estoy ruco por mencionar esa pero igual pasen sus mejores sitios porno en los comments) pero en una versión tristemente cursi, sin adrenalina. Enamorarse le quita lo bonito a coger por el mero hecho de ser un animal, a meterla y sacarla sin mayor motivo que el placer, de ambos, aclarando, porque no ando en tiempos para echarme encima a mis amigas. O sí.

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Yo me enamoro para sentir que estoy en los X Games o algún evento patrocinado por Redbull o alguna mamada así, las trocas monstruo me la pelan, soy el Travis Pastrana del ensoñamiento, si creen que hay riesgo en meter droga a un festival intenten enamorarse de una editora del Fondo de Cultura, van a valer pura verga. Enamorarse nos vuelve vulnerables y hasta cierto punto hay un grado de comodidad ahí, a todos nos gusta volver a ser niños y eso provoca el amor, nomás nos falta andar cagados y oliendo a mierda, pero nos volvemos llorones y tragamos un chingo. También están los exes, ahí nos convertimos en un Scott Pilgrim de la realidad y la neta no es divertido, aunque a veces parezca que sí. Hace un tiempo tropecé de nuevo con una piedra que ya conocía muy bien, nomás que en otra ciudad, pero como les digo, enamorarme es mi deporte extremo predilecto, total, esa morra tiene exes en todos lados y ciudades así que caminar junto a ella era como andar con una antena en la cabeza una noche de tormenta pero me gustaba, la Dramona Flowers le daba un toque de adrenalina a todo.

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Me gusta enamorarme; es como olvidarse de todo menos de una persona. La última vez quizás fue esta mañana en el camión, o ayer en el café cuando la morra del cabello verde me sonrió, inmediatamente la imaginé en casa, en calzones, con mi playera roja de Coca-Cola oyendo mis discos viejos, criticando el cuadro del autor desconocido que encontré en un mercado sobre ruedas, preparando el café que compré en Sams en oferta y hablando de Cortázar, no mamen, enamorarme también me vuelve bien pretencioso, imaginé hasta las nudes que me iba a enviar. Luego vino la primera pelea, su problema con las drogas, o sea, con las mías, porque ella hasta es veggie, ¿por qué ya todas son veggies?, los celos, el mensaje de mi ex o el dibujo de N. que hice por la madrugada, puta madre, todo les caga. Enamorarme me gusta, es como olvidarse de todo menos de una persona. Es como llegar a casa de tu abuela, cuando eras niño, y que estén todos los primos, que huela a carne asada. Es como el primer ácido o el primer beso chingón, porque el primero no vale madre, pero el primero chingón es memorable. Es como las drogas bonitas, pero, igual que las drogas bonitas: se acaba a la verga y en algún momento por más que llames nadie va a contestar ese teléfono.

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