Entre Olas #004 Rehab

Texto: Luis Bernal. / Fotos: Diego Gracida. 

Entre Olas es un espacio donde amigos hablan de la vida contemporánea y las diferentes virtudes de la juventud descontrolada. Esta semana Luis Bernal nos habla del proceso auto-destructivo del ser humano, y del proceso de sanacion para volver a entrar al circulo vicioso. 

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Hay muchas cosas que a uno lo van destruyendo poco a poco. Lo sé, lo sabemos. Somos plenamente conscientes. Suele empezar por la noche, de improviso, en uno de tantos despertares. Al principio, aún somnolientos y huyendo de la vigilia, puede que pensemos que esas palpitaciones se deban a un mal sueño; que ese enorme peso en el pecho, que nos aplasta contra la cama y nos inmoviliza, sea algún íncubo recurrente en nuestras pesadillas; que esa falta de respiración no sea más que el cansancio de alguna huida imaginaria. Porque nos gusta huir, a mí, particularmente me gusta escaparme constantemente. Pero no. Es porque la necesitamos. Otra vez.

A veces pasan días o apenas horas y entonces pensamos que todo está bajo control, que esa sensación de paz, serenidad y bienestar profundo que te proporcionaba te llenaría lo suficiente para poder resistir un largo periodo de tiempo hasta volver a sufrir su ausencia. Ese es nuestro error, un error que cometemos con plena consciencia. amigos, eso es lo peor. La sensación de conocer el problema, saber cuál es la solución y, aun así, no hacer nada por resolverlo.

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Hay días que nos prometemos que no volveremos a caer, que lucharemos por todos los medios no buscar ese placer nunca más, ese orgasmo. Al menos, claro, no hasta dejar pasar un tiempo, tampoco seamos exagerados. Un margen de seguridad. Pero, mientras nos damos un baño por la mañana, la idea de volver por antiguos derroteros empieza a rondar por la cabeza y comienzan los planes. Los desechamos. Los volvemos a desarrollar con un mayor nivel de detalle. De modo que decidimos que lo mejor es mantener la mente ocupada para no pensar en ello. Limpiamos una casa pulcra, la habitación, doblamos la ropa, cambiamos el orden de los libros, planchamos camisas que puede que no vayamos a usar en varios meses… Pero, por encima de todo, evitamos la tentación del teléfono, esa puerta al mundo del placer. Porque, claro, pensamos que esos breves momentos de placer pueden compensar toda la angustia y dolor que conlleva su posterior carencia.

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Después de unas horas de falsas distracciones tomamos el teléfono y hacemos una llamada. O enviamos un mensaje, por si no responde el teléfono en ese momento. Y a partir de ahí ya se desencadenan los hechos de una forma repetida decenas de veces. Cada paso que daos conduce, de forma inexorable, al destino deseado y temido al mismo tiempo: deseado porque la felicidad de ese momento es difícilmente comparable a cualquier otra experiencia vital y temido por el vacío que sabemos que espera inmediatamente.

Esta lucha es inútil. Lo mejor es que acepte que no puedo huir y rendirme completamente. Y esperar lo peor, el desenlace. Pienso.

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Y estos ciclos de felicidad y desesperanza se repiten durante semanas, meses. Terminamos comprendiendo que vamos a continuar por ese camino sin fin, aunque ello nos suponga una muerte lenta, un marchitar interior que apenas se observa en la fachada perfectamente encalada. Porque hay sustancias que, en cuanto las pruebas, no puedes evitar consumirlas por el placer que te proporcionan, pese al dolor y ansiedad que genera su ausencia.

Y personas.

 

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