Entre Olas #002 Las ciudades están vivas

Texto y Fotos: Adrián Quiros

Entre Olas es un espacio donde amigos hablan de la vida contemporánea y las diferentes virtudes de la juventud descontrolada. Esta semana Adrián Quiros nos cuenta de la vida en las junglas de concreto que no te vieron nacer, y la búsqueda donde encuentras cosas que no buscabas.

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A veces creo que las ciudades están vivas.

Obviamente no lo están, pero me gusta creer que si, a veces. Pensarlo le da un extraño equilibrio a mis días y justifica las cosas raras que me pasan en las calles y parques de Monterrey.

He ido a pocas ciudades en toda mi vida, pero he descubierto que todas están vivas. Nos observan y construyen caminos mientras damos nuestros para empujarnos sutilmente hacia una dirección, a veces buena, otras no tanto.

La verdad es que vivimos a merced de las ciudades, seres que obran de formas misteriosas.

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Recuerdo que poco después de llegar a Monterrey (no soy de aquí) comparé la ciudad con un cachorro rabioso, bonito pero letal. Mi opinión ha cambiado en 7 años desde entonces, Monterrey es ahora un hombre misterioso que sube al camión en las noches y se sienta tras de ti, que pone sus manos en tu asiento y acerca su fetido aliento a tu oreja. No volteamos, tampoco nos enfrentarnos a esa figura, cerramos los ojos y esperamos que el viaje acabe, y una vez en casa nunca supimos si aquello quería hacernos daño o solo proyectamos nuestras inseguridades en él, eso es Monterrey, a veces.

También me gusta caminar. Así aprendí a volverme invisible.

Exploro, me desplazo, descubro.

Centro, Macroplaza, Fundidora, Barrio Antiguo, depa.

Taxi, Zig, metro Zag, Uber Zig-Zag.

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Caminando encontré atajos que jamás había visto. Hay árboles de formas extrañas, banquetas que parecen pistas de obstáculos infernales y casas congeladas en otra época, como preservadas en ziplock. A veces veo a otros caminantes, invisibles como yo.

Comencé a creer que la ciudad estaba viva cuando inicie tu búsqueda.

Al principio te busqué en los lugares comunes; el centro, afuera de la escuela o en otras personas. A veces creía ver tu nariz, tus ojos, tus labios, en los rostros de alguien esperando el semáforo. Poco a poco la ciudad te fue moldeando y un día apareciste en uno de mis atajos.

La verdad te materializaste como si la ciudad leyera mis pensamientos a través de mis pasos y te pusiera en mi camino.

Desde aquel entonces nos volvimos caminantes invisibles; íbamos al centro, al café, al cine, al depa. Creábamos nuestros propios atajos. Éramos hijos de la ciudad, moldeados a su imagen y semejanza por sus muros de concreto y tirados al enorme y confuso tablero en el que llamamos hogar.

Mucho después aprendí otra cosa sobre las ciudades: la ciudad da y arrebata. Aprendí que nadie era especial, y que la ciudad se encarga de hacernos creer lo contrario.

Una vez escuché en una de esas fiestas de azotea, que hay semillas que mueren enterradas en tierras ajenas, que no todo puede crecer en cualquier parte. Las ciudades son celosas.

Fue cuando nos alejamos que empezaste a marchitar.

Obviamente no te marchitabas, ni tampoco era culpa de la ciudad. Todo acaba, la gente se cansa y a veces detienen el paso, se dan la vuelta y se van a la shingada.  

La infraestructura cambia y lo que antes era un atajo es después una pared de ladrillos.

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El punto es que me fui, pero volví a la ciudad, regresé a la tierra fertil para evitar que marchitaras, regresé por ti.

Regresé y te busqué. En callejones, edificios, escuelas, paradas de camión, en avenidas llenas de smog y fantasmas al volante. Zig-Zag. Te busqué en todos los sitios donde fuimos moldeados.

Regresé y no te encontré. La ciudad cerró sus puertas a ti. O a mí.

Aún sigo en sus calles, descubriendo curvas cerradas y puentes peatonales viejos hacia el paraíso. Aún te busco en otras personas en la parada del semáforo. Sé que ya no aparecerás, que aquel sitio de donde saliste te ha succionado de vuelta al cosmos oculto en las grietas de la banqueta. Ahora te imagino detrás de una puerta de fierro en alguna colonia al pie de un cerro que rodea la ciudad donde todos somos prisioneros de sus caprichos, donde el único escape es renunciar por completo a nuestros deseos.  

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Quizá alguna vez me viste deambulando en tu busqueda. Tal vez la ciudad fue amable contigo y te mostró mis huellas torcidas y pensaste en mi. Tal vez no.

Lo único más ogete que no encontrar algo es saber que lo tienes cerca siempre.

Por lo pronto sigo descubriendo otros atajos, la ciudad me empuja a otras direcciones; ahora me busco a mi mismo en un lugar que cambia constantemente, pero que por dentro sigue siendo el indescifrable hombre sentado atrás de mi en el camión.

Mejor cierro los ojos y espero que el viaje acabe.

 

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