Oda al fin del mundo

Texto: Adrián Quirós

Supongo que cada generación en la historia del homo-sapien ha llegado a creer por un momento que el fin del mundo está cerca. ¡Ni hablar de la época medieval!

Nunca me había puesto a visualizar seriamente al mundo como una gigantesca bomba de tiempo hasta que descubrí los noticieros, los recuerdo claramente porque fue al mismo tiempo que comenzó mi ansiedad a los 14 años. Recuerdo a Zabludosvky hablando de atentados terroristas, luego a López Dóriga y a Javier Alatorre relatando cómo los gases de invernadero nos iban a reventar los cerebros, y también recuerdo claramente el 11 de septiembre mientras mi madre planchaba mis pantalones de primaria católica.

Esta ansiedad que me hacia creer que el planeta en el que vivía estaba atestado de demencia y muerte nunca culminó, pero se alejó bastante cuando decidí  ver “Inuyasha” o los “Power Rangers” por las tardes.

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Debo admitir que aunque me preocupaba mucho por nuestra integridad como especie, antes de cumplir quince años tuve una vida muy feliz y cómoda, tal vez demasiado feliz y cómoda que me hizo preguntarme cuándo y cómo todo terminaría. Pero luego llegó Facebook y la ansiedad se solapó con memes y videos de gatos.

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Luego ocurrió la guerra contra el narco, el calentamiento global, los atentados, las cintas de superhéroes y al final nos topamos con Donald Trump. ¿Qué pedo con Trump? No sé, es un acertijo envuelto en un enigma envuelto en un tupé.

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La nueva vieja realidad

Pero volviendo al tema de ansiedades apocalípticas generacionales, me pregunto si aquellos que vivieron la masacre del ’68 se preguntaban si el mundo como lo conocían iba a desaparecer; o qué habrá pensado la gente de Chernobyl, ¿fue bueno mientras duró? ¿Qué habrá dicho el cavernícola que vio uno de los primeros eclipses con su nuevo cerebro de homo-sapien? ¿Hasta aquí llegamos, ugh, ugh?

Una vez leí que el estrés y la ansiedad son producto de nuestros extraños y sobreactuados estilos de vida, y de nuestra necesidad de llenar agujeros existenciales donde no los hay. Es decir, pensar en el futuro nos está matando emocionalmente y las noticieros no nos están ayudando mucho.

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Tampoco estoy haciendo un llamado de armas en contra de las radiodifusoras. Digo, a más de uno se nos ha metido la ilusión de ver arded Televisa o Tv Azteca, pero los noticias son importantes, “la verdad” es importante, sentir miedo de vez en cuando también y en especial cuando vemos reflejado nuestra propia oscuridad como especie desde la pantalla de nuestro dispositivo es a veces bueno. Sin esto y aquello, ¿cómo más podríamos reconocer las cosas “buenas” de las “malas”?

Y también hay otra cosa.

Unidad

¿Recuerdan “Watchmen”? Ese cómic que luego adaptaron en una cinta de esas cuyo presupuesto es el PIB de un país chico. Bueno, finjamos que viven en una cueva.

La historia transcurre durante la guerra fría donde un grupo de héroes intenta evitar una catástrofe, pero al final llegan tarde y descubren que el mundo ya valió verga hace 35 minutos.

Después esa tragedia sirve de excusa para unificar a todo el planeta en contra de un enemigo común: los pulpos espaciales, y se viene un periodo de paz sin precedentes todo gracias a una tragedia. Aquí Trump es un buen ejemplo de “pulpo espacial”.

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Es el único “pulpo espacial” con la habilidad de hacer que nos manifestemos y rompamos vitrales antiguos en contra de nuestro presidente por la alza de la gasolina –porque ya no le salieron las cuentas después de 500 años de corrupción–, y que luego semanas después, nos pongamos de su lado para defender nuestra dignidad como nación cada que al “pulpo espacial” le dan ganas de arremeter contra los mexicanos –y migrantes en general–.

Tal vez nos hizo falta un buen villano. Siento que se rompió el hielo entre todos los países desde que ese tipo entró al juego, ahora todos tienen algo en común, el vecino que huele mal del que siempre platicas o tal vez estoy siendo demasiado optimista. Tal vez ésta sí sea la que nos chingue.

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